En el pavimento de la plaza Daukantas, frente al Palacio Presidencial, hay un corazón. No pintado, no grabado: es una piedrecita del propio árido del adoquín que, por azar o por voluntad de alguien, tiene exactamente la forma de un corazón. Del tamaño de una moneda. Perfectamente centrado en su losa, como si lo hubieran