Los enebros de la Colina de las Cruces han aprendido a dar frutos diferentes. Entre sus ramas perennes, que han resistido décadas de inviernos bálticos, cuelgan ahora cruces como ornamentos eternos que nunca se marchitan. La naturaleza y la devoción han firmado aquí un pacto silencioso: el árbol ofrece sus ramas, los peregrinos ofrecen sus