En el número 9 de la calle M. Valančiaus —el mismo donde sobreviven los sótanos abovedados del siglo XVI construidos con troncos sin labrar— se abre un estrecho callejón que en noviembre se ve desnudo, reducido a su geometría esencial: adoquines irregulares flanqueados por una franja central de baldosas rectangulares que guían el paso, paredes