Solo quedó una de las tres torres del castillo alto de Vilna: la que hoy lleva el nombre de Gediminas. Las otras dos cayeron durante las guerras del siglo XVII contra Moscú, y esta sobrevivió porque era la más resistente, con muros pensados para defenderse de las armas de fuego. En el siglo XIX los rusos le arrancaron las dos plantas superiores para instalar un telégrafo óptico de madera, convirtiéndola paradójicamente en el edificio más alto de la ciudad; hoy vemos la reconstrucción de los años treinta, obra del arquitecto polaco Jan Borowski.
La bandera que ondea en lo alto tiene su propia historia dentro de la historia. Se izó por primera vez el 1 de enero de 1919, apenas días después de que Lituania recuperase la independencia; los bolcheviques la arrancaron el 6 de enero. No volvió a ondear libremente hasta el 7 de octubre de 1988, en pleno movimiento de renacimiento nacional, cuando cien mil personas se congregaron en la colina para verla subir de nuevo. Menos de un año después, el 23 de agosto de 1989 —cincuenta aniversario del Pacto Ribbentrop-Molotov que ya mencionamos en el museo del KGB—, el Camino Báltico arrancó precisamente desde esta torre.
De noche, iluminada contra el cielo oscuro y coronada por la bandera que apenas se distingue al viento, la torre parece flotar sobre la colina como un faro. Y en cierto modo lo es: ha guiado a esta ciudad a través de sitios, incendios, ocupaciones y reconstrucciones, y sigue en pie, exactamente donde el Gran Duque soñó con el lobo de hierro hace setecientos años.
(Texto creado con ayuda del modelo Sonnet 5 de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Vilna, Lituania.
