Gafetería, con gato por delante: así podría llamarse este lugar en el que no llegamos a entrar. Sin reserva, un sábado por la noche, no había mesa disponible en el Cat Café. Nos quedamos fuera, mirando por el escaparate iluminado, viendo a los gatos y a los clientes desde la acera de la avenida Gediminas.
El local, situado en el número 5 de la avenida Gediminas, es el más cómodo y acogedor de Vilna: quince gatos viven permanentemente en el café. Todos proceden de refugios: no se pueden adoptar porque son, sencillamente, la familia del local. Cada gato tiene garantizados al menos cuatro metros cuadrados de espacio propio, según la normativa lituana de tenencia de animales. Abrió en 2014 y desde entonces ha ido acumulando reconocimientos: Lituania figura entre los 25 mejores cat cafés del mundo, y el local de Vilna se compara con los de París, Budapest, Viena, Londres o Sídney.
El concepto no nació aquí. El primer cat café del mundo abrió en Japón en 1998, y desde entonces el formato se ha extendido por todo el planeta, cada uno con su propia identidad: uno para quienes cuidan su salud, otro para estudiantes, otro para veganos, otro para dormilones. El de Vilna está pensado, según sus propios dueños, para quien quiere sentirse como en casa. Nosotros no llegamos a sentirlo: nos quedamos en la puerta, con el frío de noviembre, mirando cómo otros disfrutaban del calor y los gatos al otro lado del cristal. A veces el mejor recuerdo de un viaje es el sitio al que no se pudo entrar.
(Texto creado con ayuda del modelo Sonnet 5 de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Vilna, Lituania.
