Al fondo de la foto, sobre la colina cubierta de árboles desnudos, las Tres Cruces brillan en blanco y azul contra el cielo negro. El efecto de la nieve en primer plano, tan iluminada que parece que hubiera saltado el flash, es enteramente natural: la luz de las farolas del parque rebotando sobre la superficie helada. No hubo flash. Solo nieve, oscuridad y una larga exposición.
La leyenda cuenta que catorce frailes franciscanos llegaron a Vilna invitados por Petras Goštautas para predicar el evangelio, y que los habitantes paganos de la ciudad, furiosos por sus prédicas contra los antiguos dioses, quemaron su monasterio y los asesinaron: siete fueron decapitados en esta colina entonces conocida como Colina Calva, y los otros siete crucificados y arrojados al río. Los historiadores dudan de la exactitud del relato, pero la leyenda arraigó profundamente. Entre 1613 y 1636 los franciscanos de Vilna erigieron tres cruces de madera en su memoria, que hubo que sustituir varias veces a medida que la madera se pudría.
El monumento que vemos hoy no es ni el original ni el segundo: es la tercera versión. Las cruces de piedra que diseñó el arquitecto Antoni Wiwulski en 1916, durante la ocupación alemana, fueron voladas por orden de las autoridades soviéticas el 30 de mayo de 1950, en plena campaña antirreligiosa. Durante casi cuarenta años la colina permaneció vacía. En 1989, en pleno movimiento de independencia, la sociedad lituana decidió reconstruirlas como memorial a las víctimas del estalinismo: el nuevo monumento, obra de Stanislovas Kuzma sobre diseño de Henrikas Šilgalis, se levantó en solo catorce días y fue consagrado por el cardenal Vincentas Sladkevičius el 14 de junio de 1989. Algunos fragmentos del monumento original de 1916, desenterrados durante la reconstrucción, quedaron empotrados en los cimientos del nuevo; otros pueden verse todavía unos metros más abajo. Tres cruces, tres vidas.
(Texto creado con ayuda del modelo Sonnet 5 de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Vilna, Lituania.
