La misma calle que recorrimos esta mañana, camino del free tour, resulta casi irreconocible diez horas después. De día, Pilies era piedra gris, aliento visible en el frío y algún grupo de turistas siguiendo a un guía con paraguas de colores. De noche, la misma calle se llena de escaparates iluminados, guirnaldas colgando de las fachadas, un ciervo dorado asomando sobre un balcón, y gente caminando en todas direcciones con la ligereza de quien ya ha cenado o va camino de hacerlo.
Pilies es la calle principal del casco antiguo, la columna vertebral que conecta la plaza de la catedral con el Ayuntamiento y con todo lo que hay entre medio: tiendas de ámbar, restaurantes de cocina lituana, bares de cócteles con nombres en italiano. De día se recorre; de noche se vive. El adoquinado húmedo devuelve reflejos de las luces cálidas, las siluetas de los paseantes se desdibujan un poco en la larga exposición, y al fondo, apenas visible, la Torre de Gediminas sigue vigilando desde la colina, iluminada como la vimos hace un rato.
Diez horas antes, muy lejos de aquí, en el patio de la Incubadora de Arte de Užupis, nos deteníamos ante un mural de un hombre con levita y sombrero de copa sosteniendo una zanahoria. Ahora, la misma ciudad se ha puesto otro disfraz: el de las noches de Adviento en su calle más transitada, cuando el frío aprieta pero las luces compensan.
(Texto creado con ayuda del modelo Sonnet 5 de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Vilna, Lituania.
