Unos metros más adelante del punto más alto del Puig de Sant Amand, se abre finalmente un claro donde se alza la imponente Creu de Sant Amanç. La cruz de hierro se yergue sobre un altar de piedra, creando un espacio sagrado que corona esta montaña de 1851 metros de altura. Aquí se confirma definitivamente que hemos alcanzado el objetivo de nuestra excursión, aunque paradójicamente no estemos en el punto geodésico más elevado.
La cruz marca el lugar tradicional de culto de esta cumbre, conocida indistintamente como Sant Amand o Sant Amanç. Etimológicamente, Sant Amanç significa «l’enamorat per sempre» (el enamorado para siempre), un nombre que evoca la pasión eterna y que conecta perfectamente con las leyendas del Comte Arnau que envuelven estos parajes.
Según la tradición, Sant Amanç fue un cabdill dels Begaudes, campesinos rebeldes contra los grandes terratenientes y el poder romano dominador, una revolta que se inició a finales del siglo II en las Galias y que hacia el siglo IV penetró en las tierras que serían catalanas. Esta figura histórica y legendaria da nombre no solo a la montaña, sino a toda una geografía sagrada que ha perdurado durante siglos.
La Creu de Sant Amanç se erige así como símbolo de resistencia, de amor eterno a la tierra y de la persistencia de las tradiciones populares que han sabido mantener vivo el recuerdo de quienes lucharon por su libertad en estas alturas del Ripollès.
(Texto de Claude AI)
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Sant Martí d’Ogassa, Girona.
