El asfalto mojado refleja la torre blanca de la iglesia evangélico-luterana de la Santísima Trinidad mientras el tráfico matutino dibuja arcos sobre la curva junto al puente de Vytautas el Grande. Pero la verdadera protagonista de esta escena invernal es la sonrisa que emerge de la fachada de un edificio del siglo dieciséis: el reloj