Cuando salimos del donjon, la nevada se ha intensificado. Lo que antes eran copos dispersos flotando con indecisión ahora es una cortina constante que cae sobre el patio de armas, cubriendo el pavimento empedrado con una capa blanca que crece por momentos. El cielo se ha cerrado por completo, gris plomizo, sin matices. Es media tarde de noviembre, el día ya es corto, y en Lituania el crepúsculo llega rápido y sin aviso. Nos dirigimos hacia la puerta de salida con paso decidido. Ya está todo visto aquí.
El patio de armas está prácticamente vacío. Apenas media docena de turistas han coincidido con nosotros en esta tarde de noviembre, y ahora cada uno va a lo suyo, sorteando los charcos de nieve medio derretida con prisa por salir. Las torres circulares del recinto exterior se alzan al fondo, con sus tejados cónicos de teja roja brillando bajo la nieve, y la bandera lituana ondeando en lo alto de la torre central. A la derecha, las galerías de madera del patio exterior, las mismas que recorrimos al entrar. A la izquierda, los edificios de servicio —establos, cocinas, almacenes— adosados al muro. Todo forma un conjunto legible, ordenado, reconstruido con meticulosidad entre 1951 y 1961 para devolver al castillo su aspecto del siglo XV.
Aún queremos pasear por el embarcadero del lago y ver las típicas casas de madera de Trakai antes de coger el coche hacia Vilna. El día es corto y nos queda mucho por ver. El castillo quedará atrás, con su ladrillo rojo emergiendo del lago, con sus galerías de madera, con su donjon de 35 metros vigilando el conjunto. La nieve seguirá cayendo sobre el patio vacío, cubriendo las huellas de los visitantes, borrando las marcas del presente hasta que solo quede la arquitectura y el silencio.
Aceleramos el paso. Aún hay cosas que ver antes de marcharse.
(Texto de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Trakai, Lituania.
