Después de contemplar la Creu de Sant Amanç, inicio el descenso hacia Sant Martí d’Ogassa atravesando la Serra de Sant Amand. Pero el claro donde se alza la cruz se convierte en un pequeño laberinto de opciones: el bosque se abre en múltiples direcciones y no hay marcas evidentes que indiquen el camino correcto.
La hierba alta y las rocas dispersas no revelan señales claras de pisadas anteriores. Los troncos de los pinos permanecen mudos, sin las marcas de pintura que hasta ahora me habían guiado fielmente. Es uno de esos momentos montañeros donde la orientación se vuelve fundamental y hay que confiar en el mapa, la brújula (o Wikiloc) y la experiencia para elegir la dirección correcta.
El bosque mixto se extiende en todas las direcciones con la misma aparente hospitalidad, pero solo una de esas opciones me llevará por el sendero adecuado hacia el valle de Ogassa. Los colores otoñales de los hayas aportan belleza al momento, pero no claridad sobre el rumbo a seguir.
Buscar señales en la montaña es un ejercicio de paciencia y observación. Una rama rota, una pisada apenas visible, una disposición particular de las rocas… todo puede ser una pista. En este claro de la cima, donde confluyen varios senderos invisibles, la montaña me invita a demostrar que he aprendido a leer su lenguaje silencioso.
(Texto de Claude AI)
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Sant Martí d’Ogassa, Girona.
