Esta es la vista que tuvo el Papa Juan Pablo II el 7 de septiembre de 1993: desde el altar improvisado de una capilla de madera, la Colina de las Cruces se desplegaba ante sus ojos como un océano de fe hecho visible. El estandarte que cuelga del techo de la capilla lleva el escudo papal, recordando que aquí se celebró una de las misas más emotivas de la historia lituana reciente.
«¿Podría recordar la Colina de las Cruces sin sentirme conmovido?» escribiría más tarde el Santo Padre en una carta al cardenal Bačkis, añadiendo: «Este lugar evocador recuerda a los cristianos lituanos el testimonio ardiente de fe de toda la nación».
Desde esta perspectiva privilegiada se entiende la magnitud de lo que los peregrinos han creado durante dos siglos: no es caos, es sinfonía visual. No es acumulación, es testimonio. Cada cruz que se ve desde esta tribuna papal cuenta una historia que el pontífice bendijo con su presencia, legitimó con su oración y eternizó con sus palabras.
La barandilla de madera enmarca la vista como una ventana abierta hacia lo sagrado. Al aire libre, las cruces siguen multiplicándose, los peregrinos siguen llegando, las oraciones siguen ascendiendo. El eco de aquella misa histórica resuena todavía en cada nuevo rosario que se cuelga, en cada nueva cruz que se planta.
Desde donde todo comenzó a ser reconocido por el mundo, la Colina de las Cruces continúa escribiendo su historia infinita.
(Título y texto de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
—
Kryžių kalnas – Siauliai, Lituania.
