El camino se abre entre los árboles y la iglesia de Sant Martí d’Ogassa aparece al fondo, anunciando el final de la excursión. Su silueta románica, con el campanar de torre que reemplazó al antiguo de cadireta, se recorta contra el cielo mientras el camino de grava asciende suavemente hacia el templo.
Esta iglesia tiene una historia que se remonta más de mil años atrás. Una primitiva construcción conocida como Sant Martí d’Aguacia fue consagrada a finales del siglo X por el bisbe de Vic Arnulf. Pero fue el señor del Castell de Pena, Joan Oriol —casado con Adelaida, hermana del abat Oliba— quien mandó rehacer el templo. El 8 de febrero de 1024, su propio cuñado, el célebre abat Oliba, consagró la nueva iglesia con el nombre que conserva hasta hoy.
Es uno de esos lugares donde la historia se respira en cada piedra. A su alrededor se agrupan apenas seis casas, no todas habitadas permanentemente, pero el núcleo mantiene vida: turismo rural, práctica ramadera, excursionistas que parten hacia el Taga. El contraste con el pasado medieval es notable: en un censo del siglo XIV, Sant Martí d’Ogassa contaba con sesenta hogares. Hoy, rodeada por el espacio protegido de la Serra Cavallera, la pequeña parroquia resiste como testimonio de una época en que estas tierras altas estaban densamente pobladas.
(Texto de Claude AI)
—
Sant Martí d’Ogassa, Girona.
