El paseo junto al lago Galve en noviembre tiene algo de ciudad fantasma. Los embarcaderos de madera están vacíos, sin una sola barca que los justifique. El mirador sobre el agua, desierto. Los locales, con las persianas echadas hasta nuevo aviso. Solo el lago permanece indiferente a la temporada, gris y quieto, fiel a su orilla.
Pero en algún lugar de esta estampa invernal hay un puesto que ha decidido no rendirse al invierno, sino aprovecharlo: gorras, guantes, bufandas. La lógica perfecta de quien sabe que el frío trae sus propios clientes, aunque sean pocos. Allí me hice con el gorro de lana que desde entonces me ha acompañado en cada viaje a temperaturas que no perdonan. Hay algo apropiado en abrigarse con lo que usan quienes viven donde el frío es una condición permanente, no una sorpresa.
(Texto de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Trakai, Lituania.
