La historia del Palacio Presidencial arranca en 1387, cuando el Gran Duque Jogaila fundó la diócesis de Vilna y donó a su primer obispo un terreno junto al límite de la ciudad. El primer obispo, Andrius Vasila, construyó aquí su palacio, que sus sucesores fueron ampliando y embelleciendo durante siglos. El último obispo en residir en él fue Massalski —el mismo que financió los estudios de Gucevičius en Roma y encargó la reconstrucción neoclásica de la catedral. En 1795, tras la tercera partición de la Mancomunidad Polaco-Lituana, el palacio de los obispos se convirtió en residencia de los gobernadores generales del Imperio ruso.
En 1812 el palacio fue testigo de uno de los episodios más paradójicos de la historia europea: tanto el zar Alejandro I como el emperador Napoleón Bonaparte lo utilizaron como residencia. Napoleón estuvo aquí del 28 de junio al 16 de julio, organizando las operaciones militares de su Gran Armée y recibiendo a los nobles lituanos que esperaban que la invasión les devolviera la independencia perdida. Tras la derrota napoleónica, fue en este mismo palacio donde el general Kutuzov recibió la Orden de San Jorge, la máxima condecoración militar rusa. Vencedor y vencido habían dormido en las mismas habitaciones con pocos meses de diferencia.
Entre 1824 y 1834 el palacio fue reconstruido por el prestigioso arquitecto de la corte de San Petersburgo Vasily Stasov, que le dio su aspecto actual de estilo Imperio. En la foto, los dos pórticos laterales lucen los colores de Lituania y de Ucrania. No es decoración permanente: es un gesto político que se repite desde febrero de 2022. Lituania, que sabe muy bien lo que cuesta recuperar la independencia, fue uno de los primeros países en ponerse del lado de Ucrania. El palacio que ocupó Napoleón en su camino hacia Moscú recuerda ahora, con esos pilares azules y amarillos, que la historia de esta parte de Europa no ha terminado de escribirse.
(Texto de Claude AI)
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Vilna, Lituania.
