La sala de la foto es la letrina colectiva de la prisión del KGB: varios inodoros turcos en fila sobre una tarima elevada, lavabos adosados a la pared, una ventana enrejada cerca del techo, tuberías a la vista. Sin mamparas, sin separaciones, sin ningún gesto hacia la privacidad. La arquitectura de la humillación empieza aquí, antes incluso de llegar a las celdas.
Durante el régimen de Stalin, los detenidos eran llevados a los servicios una sola vez al día. El cubo de la celda también era vaciado una vez al día. Hasta entonces, los prisioneros estaban obligados a convivir con el hedor. El acceso colectivo y vigilado a esta sala era el único momento de higiene del día: una concesión calculada para mantener al prisionero en el umbral mínimo de funcionalidad. La privacidad era un lujo incompatible con el sistema. La luz estaba encendida permanentemente en todas las celdas y no se permitía dormir entre las siete de la mañana y las diez de la noche. Durante la era estalinista, los interrogatorios se realizaban por la noche: era uno de los métodos de tortura más frecuentes, consistente en llevar al detenido al agotamiento impidiéndole descansar.
El historiador Primo Levi, superviviente de Auschwitz, escribió que el primer acto de toda dictadura es atacar la higiene: arrebatar al prisionero el control sobre su propio cuerpo es el paso previo a arrebatarle cualquier otra cosa. Esta letrina, con sus inodoros alineados y su ventana enrejada, es la ilustración más descarnada de ese principio. Los carceleros del KGB no lo habían leído a Levi. Lo practicaban por instinto.
(Texto de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Vilna, Lituania.
