Entramos a cenar con las calles mojadas y salimos a un decorado completamente distinto. Mientras estábamos dentro, sentados a la mesa, la nieve ha ido cubriendo la calle Bazilijonų sin que nos diéramos cuenta: la calzada aparece blanca surcada por las rodadas oscuras de los coches, las aceras tienen ya una capa fina pero uniforme, y los copos siguen cayendo, visibles bajo la luz de las farolas como un enjambre de puntos brillantes. Al fondo, cerrando la perspectiva de la calle, la Puerta del Alba se distingue iluminada entre la nevada, como un faro que marca el camino de vuelta al casco antiguo, pero nosotros no vamos a ir en esa dirección sino en la contraria.
No hay nada que investigar en este momento, solo que disfrutar: el silencio propio de la nieve reciente, el contraste entre el asfalto oscuro y el blanco que lo va cubriendo, las luces rojas de los coches alejándose calle abajo, alguna figura solitaria cruzando a lo lejos. Después de un día tan cargado de historia —celdas, guetos, cruces, palacios reconstruidos—, la ciudad regala este final inesperado: una nevada silenciosa que transforma el camino de vuelta al hotel en algo casi mágico.
A veces el mejor final de una jornada no necesita explicación ni contexto. Solo hay que caminar despacio y disfrutar de la sorpresa.
(Texto creado con ayuda del modelo Sonnet 5 de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Vilna, Lituania.
