La pequeña portezuela abierta en la puerta de la celda 17 tiene dos funciones: la mirilla en la parte superior permite al guardia observar al prisionero sin ser visto; la trampilla inferior sirve para pasar la comida sin abrir la puerta. En la tradición carcelaria europea, esa ventanita en la puerta se llama «judas» —por el apóstol que entregó a Jesús con un beso, acercándose fingiendo afecto—. El nombre es exacto: el guardia mira sin que le vean, entrega sin entrar, existe sin relacionarse. La puerta de hierro es el único punto de contacto entre dos mundos.
Hay algo profundamente inquietante en estar dentro de una celda del KGB, incluso convertida en museo. El aire se siente húmedo. Las paredes son gruesas, las ventanas opacas, y la pesada puerta puede cerrarse con sorprendente facilidad. Hay una sensación inevitable de que con un solo empujón podrías desaparecer, quedar atrapado, invisible para el mundo exterior. Para cada víctima de este horror hubo un perpetrador, y no había ningún velo de ignorancia: los guardias salían salpicados de sangre, saliva y excrementos de sus víctimas. El judas de la puerta no los separaba del horror; simplemente les permitía administrarlo a distancia.
Las ejecuciones las llevaba a cabo un grupo especial altamente clasificado de la sección «A». Las sentencias de muerte se ejecutaban de noche. En una sola noche podían ser ejecutadas hasta 45 personas. Tras la ejecución, los cadáveres eran apilados en la misma sala tras una partición de madera, y después trasladados en camión al lugar de enterramiento. Los guardias que distribuían la comida por las trampillas durante el día eran los mismos que por la noche arrastraban cuerpos por este mismo pasillo. El judas los miraba a ellos también.
(Texto de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Vilna, Lituania.
