Los copos han crecido. Ya no es la nevada fina y silenciosa de hace un rato: ahora caen gruesos, casi visibles uno a uno en el haz de luz de la farola, salpicando el asfalto mojado de la calle Pylimo mientras un par de coches avanzan despacio con las luces encendidas. Es la misma intensidad que recordamos de Trakai, cuando la nieve caía sobre el castillo de los grandes duques con esa mezcla de belleza y incomodidad que solo entiende quien ha caminado bajo ella con la cámara en la mano.
Escribo esto en pleno verano, con el calor apretando fuera y el aire acondicionado zumbando de fondo, y hay algo casi terapéutico en revivir aquel frío de noviembre a través de la pantalla. Los adoquines empapados, los árboles cargados de nieve fresca a la derecha de la foto, el vaho que debía de salir de nuestra respiración aunque la foto no lo capture: todo eso queda ahora muy lejos, pero basta con mirar la imagen para sentir de nuevo ese frío húmedo en la cara.
Quedan pocas fotos ya para llegar al hotel. La nieve, mientras tanto, no da tregua.
(Texto creado con ayuda del modelo Sonnet 5 de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Vilna, Lituania.
