Después de unos minutos de búsqueda y orientación, el bosque empieza a revelar sus secretos. Aunque aún no aparecen las marcas de pintura en los troncos, el sendero se va dibujando gradualmente bajo mis pies. La hierba pisada forma una traza sutil pero evidente, confirmando que otros excursionistas han pasado por aquí antes que yo.
El camino se abre entre los pinos con esa naturalidad que solo tienen los senderos bien transitados. Los árboles forman una especie de pasillo natural que invita a seguir adelante, y el terreno muestra esa compactación característica de las rutas habituales de montaña. La duda y la desorientación de hace unos minutos se desvanecen ante la evidencia del paso humano.
Las piedras y ramas depositadas a la derecha del sendero forman un pequeño montón que podría ser casual, pero en la montaña pocas cosas son casualidad. ¿Será una señal improvisada dejada por algún montañero previsor? ¿Un simple acopio de materiales para algún propósito desconocido? En cualquier caso, su presencia confirma que este lugar ha sido visitado y quizás utilizado por otros caminantes.
La satisfacción de encontrar el camino correcto es una de las pequeñas victorias que hacen gratificante el senderismo. Cuando el bosque parecía un laberinto sin salida, la paciencia y la observación han dado sus frutos. Ahora solo queda seguir la traza hasta Sant Martí d’Ogassa, confiando en que las señales se irán haciendo más evidentes con cada paso.
(Texto de Claude AI)
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Sant Martí d’Ogassa, Girona.
