La escalera asciende hacia el cielo como la torre de Babel de la devoción, pero en lo alto no esperan solo las cruces milenarias. Entre los maderos centenarios y los rosarios que cuelgan como guirnaldas, las cámaras de seguridad vigilan con sus ojos electrónicos, montadas en mástiles que imitan la verticalidad de las cruces pero con propósitos muy distintos.
Es una paradoja de nuestro tiempo: en el lugar donde la fe se expresa sin filtros, donde cada peregrino puede plantar su cruz sin permisos ni burocracia, la tecnología observa cada movimiento. Las lentes capturan lo que los santos de madera solo pueden bendecir; los sensores registran lo que las vírgenes talladas solo pueden acoger con su silencio.
No es cinismo: es pragmatismo sagrado. Incluso en el territorio de los milagros, alguien debe velar por la seguridad de los visitantes, proteger el patrimonio acumulado, documentar los actos de vandalismo que a veces salpican incluso los lugares más santos. Los guardianes electrónicos se han integrado en este ecosistema de cruces como una especie más, necesaria aunque discordante.
Subir esta escalera es avanzar entre dos formas de vigilancia: la divina, que todo lo ve desde la eternidad, y la humana, que todo lo graba desde el presente.
(Título y texto de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Kryžių kalnas – Siauliai, Lituania.
