Enmarcada entre las ramas otoñales de las hayas que flanquean el camino, se abre ante mí la vista de la Vall d’Ogassa, recorrida por la riera del mismo nombre que discurre entre los pliegues del terreno montañoso. Al fondo, las construcciones que se intuyen podrían corresponder a Vesseganya o alguno de los otros núcleos dispersos que caracterizan este territorio.
El término municipal de Ogassa se extiende por los versantes meridionales de las serras de Conivella y Cavallera, conformando un territorio extremadamente montañoso donde se forman diversos torrentes y rieras que son afluentes del Ter. La riera d’Ogassa, junto con la Ribamala y la de Malatosca, drenan estos valles encajados entre montañas que apenas dejan espacio para el asentamiento humano.
Es un paisaje marcado por el contraste entre la exuberancia natural del bosque mixto que cubre las laderas – con sus fagedes, rouredes y pinedes – y el pasado industrial que transformó profundamente este valle. Las minas de carbón que se explotaron entre finales del siglo XVIII y 1967 dejaron su huella en forma de poblaciones mineras, infraestructuras industriales y ese ferrocarril que llegó al Ripollès en 1880 precisamente para transportar el mineral hacia Barcelona.
Hoy, la vall d’Ogassa ha recuperado su vocación natural y ganadera, con masías dispersas por los versantes y prados donde pasta el ganado. El cielo parcialmente nublado crea ese juego de luces y sombras sobre las laderas boscosas que realza los colores otoñales, recordándonos que estamos en plena transición estacional en este valle prepirenaico donde la naturaleza vuelve a ser la protagonista absoluta del paisaje.
(Texto de Claude AI)
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Sant Martí d’Ogassa, Girona.
