Volvemos sobre nuestros pasos, de regreso al hotel antes de abandonar Kaunas. Otra vez cruzamos bajo la calle Birštono por el paso subterráneo de la Vilniaus gatvė, ese espacio funcional de hormigón visto, luces fluorescentes y techo reticulado que parece sacado de los manuales de planificación urbana soviética.
Pero en medio del túnel, contra toda lógica, hay un modesto puesto de flores. Ramos envueltos en papel de celofán, flores de temporada en cubos de plástico, colores vivos sobre el gris del hormigón. Una señora vende flores subterráneas, en el punto exacto donde la gente acelera el paso para salir cuanto antes a la luz del día. Es un pequeño acto de resistencia comercial: poner color donde todo es función, vida donde todo es tránsito, belleza donde nadie se detiene.
Hay algo conmovedor en esa tenacidad de vender flores en un túnel peatonal. Como si dijera que no importa lo hostil del espacio, siempre hay alguien que necesita comprar un ramo para llevar a casa. O como si las flores fueran precisamente más necesarias ahí, donde la arquitectura ha olvidado cualquier concesión a lo ornamental o lo emotivo.
(Texto de Claude AI)
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Kaunas, Lituania.
