Al final de la calle, el paisaje cambia de escala. La Basteja —el Bastión de la Muralla Defensiva de Vilna— aparece de golpe, macizo y rotundo, con su forma de herradura en ladrillo sobresaliendo sobre el parque nevado. La muralla original, construida por orden del Gran Duque Alejandro a partir de 1503, rodeaba la ciudad entera con un perímetro de casi dos kilómetros y medio, con diez puertas y varias torres. El bastión fue añadido más tarde, probablemente a principios del siglo XVIII, como estructura de artillería diseñada para reforzar el flanco este.
Su historia militar fue más bien modesta. Durante la guerra ruso-polaca de 1654-1667, el hetman Radziwill decidió abandonar las fortificaciones sin combatir, dada la precaria condición de los muros. El ejército ruso entró en Vilna en orden, por cuatro puertas a la vez. El inexpugnable bastión fue entregado sin disparar un solo tiro. Después vendría el declive: a principios del siglo XIX, con la muralla ya demolida por orden zarista, el bastión se convirtió en el basurero de la ciudad. La excavación y reconstrucción comenzaron en 1965, y desde 1987 alberga un museo de armamento y defensa del Gran Ducado de Lituania, el único edificio de este tipo que se conserva en el país.
Nosotros lo vemos desde fuera, de paso hacia la catedral, con la nieve cubriendo el parque que lo rodea. Tiempo habrá de volver.
(Texto de Claude AI)
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Vilna, Lituania.
