La calle Pilies —la calle del Castillo— es el eje vertebrador del casco histórico de Vilna, la arteria que une la Plaza de la Catedral con el Ayuntamiento y que concentra buena parte del tránsito turístico de la ciudad. Pero quien camina por ella con los ojos abiertos descubre que sus fachadas no son el límite: detrás de cada portal se abre otro mundo.
Este callejón abovedado, con sus dos lámparas de mimbre balanceándose sobre el adoquín húmedo, conduce a uno de esos patios interiores que son marca de la casa en las ciudades del Báltico. Al fondo, un edificio encalado con el rótulo Sidabrynas —»platería» en lituano— y una escalera exterior que sube hacia algún piso desconocido. A la izquierda, carteles que anuncian accesorios ecológicos y sostenibles; a la derecha, una tienda de ropa vintage. El patio medieval reconvertido en pequeño ecosistema comercial alternativo, ajeno al ruido de la calle principal.
Vilna está llena de estos rincones. La mayor parte de los visitantes pasa por delante sin detenerse. Eso también forma parte de su encanto.
(Texto de Claude AI)
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Vilna, Lituania.
