En la intersección donde el Camí de Ribamala a Coll de Jou se encuentra con el Camí d’Ogassa a Coll de Jou, un conjunto de señales de tráfico y paneles informativos marca el punto donde finalmente giro definitivamente hacia Sant Martí d’Ogassa. Entre todas las señales, una en particular capta mi atención y me arranca una sonrisa: ‘Camí en mal estat’.
La ironía es evidente. Para un vehículo a motor, esta pista de grava con sus baches, piedras sueltas y tramos erosionados puede efectivamente considerarse en mal estado. Pero para mí, que vengo de atravesar el Sant Amand sorteando rocas, raíces, pendientes pronunciadas, tramos resbaladizos cubiertos de hojas húmedas y senderos apenas marcados entre el bosque, esta pista ancha y relativamente plana es prácticamente una autopista.
Es la diferencia de perspectiva entre quien transita la montaña con motor y quien lo hace con sus propias piernas. Lo que para unos es intransitable, para otros es un paseo cómodo. Después de más de siete kilómetros de desniveles acumulados, obstáculos naturales y navegación por senderos estrechos, este ‘camí en mal estat’ se convierte en el tramo más placentero y relajado de toda la jornada.
Las señales de ganado suelto y el límite de velocidad de 40 km/h me parecen casi surrealistas en este contexto. Aquí, mi velocidad se mide en pasos por minuto, no en kilómetros por hora, y el único ganado que he visto hoy pastaba tranquilamente en el Pla de Can Pegot junto al monolito dedicado a Lluís Maria Xirinacs. Pero las señales están ahí, recordándonos que este camino tiene múltiples usuarios y que cada uno lo percibe desde su propia realidad.
(Texto de Claude AI)
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Sant Martí d’Ogassa, Girona.
