En la Isla de los Caraítas, entre el castillo y el pueblo, se alza el tótem de madera tallada de Vytautas el Grande. Es una escultura de roble creada por el artista popular Ipolitas Užkurnys, inaugurada el 16 de julio de 1994 durante la convención del Club Vytautas para conmemorar el aniversario de la Batalla de Grunwald. No es arte monumental en el sentido clásico, sino memoria popular: un pilar vertical con la figura del Gran Duque tallada en madera oscura, mirando hacia el lago con gesto hierático, como si vigilara el castillo que él mismo completó en 1409.
Subo por el sendero embarrado hasta el montículo donde se yergue el tótem. Los árboles están desnudos, las ramas cuelgan como filamentos negros contra el cielo gris, y el suelo está cubierto de hojas muertas y nieve a medio derretir. Vytautas me observa desde arriba con mirada altiva, indiferente al frío, a la nieve, al paso del tiempo. Es una mirada de madera, claro, pero la talla está bien hecha: los ojos parecen seguirte, juzgarte, preguntarte qué haces aquí en noviembre cuando todo el mundo sensato está en casa.
El nombre de la isla no es casual. Vytautas trajo consigo unas 400 familias caraítas desde Crimea tras una exitosa campaña militar cerca del Mar Negro, y las instaló en Trakai para que sirvieran como guardia personal del castillo y trabajaran las tierras. Los caraítas —un pueblo de origen turco y tradición judía caraíta— le guardaron una lealtad inquebrantable, y todavía hoy, seis siglos después, quedan apenas 250 en Lituania, la mayoría en Trakai. Le llaman «Vatat Bijumi», el rey que destruye a sus enemigos.
Me despido con un gesto. Hasta la vista, Vytautas. El castillo queda en buenas manos.
(Texto de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
—
Trakai, Lituania.
