La Karaimų Gatvė se despide con una nevada que ya no tiene intención de amainar. Los tejados blancos, la calzada mojada, los copos grandes cayendo casi en horizontal: todo indica que ha llegado el momento de marcharse, aunque uno se resista. Hay algo en este barrio que invita a seguir caminando, a asomarse a cada portal, a imaginar la vida que transcurre detrás de esas fachadas de madera pintada. Pero los viajes tienen su lógica implacable.
Es viernes por la tarde y hay que devolver el coche de alquiler en Vilna a una hora concreta. Treinta kilómetros en principio fáciles, aunque con esta nevada nadie puede garantizar nada. Los faros de un coche que se acerca por la calle desierta recuerdan que el mundo sigue funcionando más allá de esta burbuja invernal. Toca volver a él.
Trakai queda atrás con la sensación de que merece más tiempo del que el itinerario le concede. El castillo, el lago, el barrio caraíta con su historia de seis siglos comprimida en unas pocas manzanas: todo ello visto en unas pocas horas de tarde de noviembre, bajo una nieve que fue creciendo desde llovizna hasta tormenta. A veces los mejores lugares son los que te dejan con ganas de más.
(Texto de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Trakai, Lituania.
