La pista del aeropuerto de Vilna, cubierta de restos de sal y aguanieve, contrasta con la calma de la escena: varios quitanieves de color naranja aguardan alineados junto a las aeronaves, listos para entrar en acción a la primera señal, mientras un jet privado y un avión comercial esperan pacientemente su turno bajo un cielo gris y cargado. Ni rastro de caos ni de retrasos: aquí, la nieve que ayer nos sorprendía en cada esquina del casco antiguo es, sencillamente, parte de la rutina invernal.
Resulta apropiado terminar el recorrido por Vilna con esta imagen: un país que ha aprendido, a lo largo de generaciones, a convivir con inviernos duros y a no dejar que el clima le imponga su ritmo. La misma actitud, en el fondo, que hemos visto una y otra vez a lo largo de estos días —en los monumentos reconstruidos tras las ocupaciones, en las banderas ucranianas ondeando junto a las lituanas, en la memoria cuidadosamente preservada del gueto y del KGB—. Vilna, como sus máquinas quitanieves, siempre parece estar preparada para todo.
(Texto creado con ayuda del modelo Sonnet 5 de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Vilna, Lituania.
