Desde este privilegiado mirador natural, la vista hacia el sureste despliega una geografía montañosa que conecta el Ripollès con algunas de las cumbres más emblemáticas del Principat. En primer término domina el Puig de l’Àliga con sus 1491 metros, casi gemelo en altitud del Som de Vidabona que veíamos antes, formando parte de esa constelación de cimas que rondan los 1500 metros características de esta zona.
Al fondo se perfilan las siluetas de la Serra de Milany en el centro y la de Santa Magdalena hacia la izquierda, dos conjuntos montañosos que marcan la transición hacia Osona. La Serra de Milany, con el Puig de la Força como punto culminante, forma una barrera natural que separa las cuencas del Ter y del Freser, mientras que Santa Magdalena alberga algunas de las cumbres más espectaculares del Prepirineu.
En la distancia, bajo el velo de las nubes, se intuye la silueta legendaria del Montseny: Les Agudes, el Turó de l’Home y el Matagalls, ese trío de cumbres que corona la Reserva de la Biosfera y que representa uno de los símbolos montañeros más reconocibles de Catalunya. Ver el Montseny desde aquí es como contemplar una catedral lejana desde otra catedral, un diálogo visual entre masivos montañosos que han sido testigos de la historia catalana durante milenios.
Esta perspectiva desde el Sant Amand confirma su condición de atalaya natural: un punto desde donde se puede contemplar buena parte de la geografía montañosa catalana central, desde el Prepirineu hasta las últimas estribaciones que se asoman al Vallès.
(Texto de Claude AI).
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Sant Martí d’Ogassa, Girona.
