El avión ya rueda por la pista, con el ala recortada contra un cielo gris cargado de nubes bajas. Al otro lado de la valla, un pueblo cubierto de nieve —tejados blancos, un coche circulando despacio, algún árbol de hoja perenne resistiendo el frío— se desliza lentamente por la ventanilla mientras el avión coge velocidad. Dentro de unos segundos, ese paisaje habrá quedado atrás para siempre.
Con esta foto se cierra la serie dedicada al recorrido por los países bálticos que empezó meses atrás en este blog: Helsinki, Tallin, Pärnu, Riga, Jelgava, la Colina de las Cruces, Siauliai, Kaunas, Trakai y Vilna, con sus castillos, sus catedrales, sus capillas barrocas, sus museos del horror soviético y sus banderas ucranianas ondeando en cada fachada oficial. Un viaje que arrancó en otoño y terminó, contra todo pronóstico, sepultado bajo una nevada de las que no se olvidan.
Quedan las fotos, los textos, y la certeza de que esta parte de Europa —pequeña, discreta, castigada por la historia y aun así resiliente— merecía mucho más que una escala rápida. El avión despega. El Báltico, por ahora, se queda abajo, cubierto de nieve.
(Texto creado con ayuda del modelo Sonnet 5 de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Vilna, Lituania.
