Unas zonas más allá de donde el abejaruco me dio la bienvenida, el camino se abre a una explanada seca donde pasta, ajena al desfile de coches, una cebra de Grévy. Basta un vistazo para distinguirla de la cebra común que uno imagina de manual: sus rayas son mucho más finas y apretadas, casi un dibujo hecho a plumilla, y se interrumpen de golpe en un vientre completamente blanco. Las orejas, grandes y redondeadas, y la melena espesa y erguida que prolonga el rayado por el cuello, completan una silueta que parece la de un caballo disfrazado de cebra, o quizá al revés.
Es, de hecho, el équido salvaje de mayor tamaño que existe, capaz de superar los 450 kilos, y también el más solitario: a diferencia de la cebra común, no forma manadas estables ni harenes fijos, sino que los machos delimitan territorios hacia los seis años de edad y esperan, sedentarios, a que las hembras los crucen. Un animal que organiza su vida social alrededor de un mapa invisible trazado en la sabana.
Y sin embargo, lo que hace singular este encuentro no es tanto la anatomía como la aritmética: quedan menos de dos mil cebras de Grévy en libertad, confinadas hoy a un puñado de zonas de Kenia y el sur de Etiopía. Verla caminar despacio bajo el sol de mayo, al otro lado de una ventanilla en el sur de Francia, deja la incómoda sensación de estar viendo, en semilibertad, algo que en libertad plena apenas queda por ver.
(Texto creado con ayuda del modelo Sonnet 5 de Claude AI)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
