Dejamos atrás el territorio de antílopes y jirafas y entramos en el de los osos, y antes de que aparezca ninguno, lo que me llama la atención es este pajarillo posado en lo más alto de un arbusto en flor: partes superiores de un verde grisáceo con matices pardos, vientre de un amarillo suave, pico grueso y una ceja pálida que enmarca el ojo. Apenas doce o trece centímetros, plantado en la rama más fina y expuesta, como si quisiera que se le viera bien.
Es un zarcero políglota (Hippolais polyglotta), ave estival que cría en el suroeste de Europa —incluida buena parte de Francia— e inverna en el África subsahariana. Su nombre no es casualidad: es un cantor incansable y ventrílocuo, capaz de tejer en su propio canto fragmentos imitados de otras especies, una verdadera voz políglota que aquí, en la foto, se mantiene en silencio.
El arbusto en el que se posa tampoco es anónimo: por las flores rosadas dispuestas en espigas plumosas y el follaje diminuto y escamoso, todo apunta a un tamarisco o taray (Tamarix gallica), arbusto adaptado a los suelos salinos que prolifera junto a la costa mediterránea y las marismas —terreno que encaja bien con la ubicación de Sigean, cerca de los estanques litorales del Aude.
Después de un desfile de antílopes, cebras y jirafas traídos de continentes lejanos, el primer habitante genuinamente autóctono de esta tierra resulta ser el más pequeño y el menos fotografiado: un pájaro sin nombre para la mayoría, posado sobre una planta que ya crecía aquí antes de que llegara ningún coche — y el único, entre tantos animales vallados, que podría cruzar esa valla cuando quisiera.
(Título y texto sugeridos por el modelo Sonnet 5 de Claude AI)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
