El ausente

El ausente

No muy lejos de la escena entre las springboks y los antílopes acuáticos, pastando solo, ajeno por completo al jaleo, hay un ñu azul. Tiene algo de animal compuesto por partes que no acaban de pertenecerse: cabeza pesada y bovina, cuernos curvados —presentes en machos y hembras—, una crin oscura y erizada que le cae por el cuello como una melena fuera de lugar, y un pelaje gris azulado surcado de rayas más oscuras. El conjunto no es elegante, pero tampoco lo pretende.

Es difícil mirar a un ñu azul y no pensar en la Gran Migración: más de millón y medio de individuos que cada año recorren hasta mil kilómetros entre el Serengeti y el Maasai Mara persiguiendo la lluvia y los pastos frescos, en manadas de miles que cruzan ríos con cocodrilos al acecho y desatan estampidas al menor sobresalto. Es, según se suele decir, el mayor desplazamiento de mamíferos terrestres del planeta — puro instinto de manada llevado al límite.

Nada de eso está aquí. Este ñu pasta solo, con la cabeza gacha sobre un montón de heno seco, sin más de mil compañeros agitándose a su alrededor ni depredador alguno que temer. La misma especie capaz de protagonizar la migración más caótica de África reducida a un único animal comiendo hierba en calma, bajo el sol tranquilo de un parque del sur de Francia — el gesto colectivo más famoso del reino animal, visto en su versión más solitaria.

(Título y texto creados con ayuda del modelo Sonnet 5 de Claude AI)

Reserva Africana de Sigean, Francia.


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