Unos metros por delante de las springboks caminan, indiferentes al motor del coche, tres antílopes de complexión mucho más recia: pelaje pardo grisáceo y largo, casi hirsuto en el cuello, y un porte pesado que contrasta con la ligereza nerviosa de las gacelas que acabamos de dejar atrás. El que encabeza la fila luce un