El sello de la sabana

El sello de la sabana

Las springboks han cruzado el camino y ahora pastan en lo alto de un pequeño promontorio, al otro lado del coche. Con la ventanilla bajada desaparece el filtro azulado del cristal tintado que había teñido las fotos anteriores, y el enfoque es, por fin, perfecto — tanto que al ampliar la imagen aparece un detalle que a simple vista había pasado inadvertido: docenas de moscas posadas en el lomo de los animales, y unas cuantas más revoloteando a su alrededor.

Es una presencia casi obligatoria en cualquier fauna de sabana: el sudor, la humedad de los ojos y el hocico, y los propios excrementos que salpican la hierba atraen a estos insectos de forma constante, y los herbívoros conviven con ellos a base de pequeños gestos automáticos — un temblor de piel, un latigazo de cola, una oreja que se sacude — que se repiten sin que el animal llegue a interrumpir del todo el pastoreo.

De hecho, esa nube diminuta de moscas se ha convertido, casi sin querer, en una especie de sello de autenticidad en la fotografía de naturaleza: las imágenes retocadas o las escenas demasiado controladas tienden a aparecer limpias, mientras que la presencia de moscas —incómoda, nada favorecedora— suele delatar que la toma es real, tomada sobre el terreno y no en un estudio.

Y así, la foto más nítida y mejor iluminada de toda la serie hasta ahora, tomada sin cristal de por medio en un parque vallado del sur de Francia, termina pareciendo la más auténticamente africana de todas — no por nada que el yo buscara, sino por un puñado de moscas que ni siquiera vi hasta después, mirando la pantalla en casa.

(Título y texto creados con ayuda del modelo Sonnet 5 de Claude AI)

Reserva Africana de Sigean, Francia.


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