El puente de madera se extiende sobre el lago Galvė, largo y recto, con sus tablas mojadas brillando bajo el cielo gris de noviembre. Al fondo, el Castillo de Trakai espera con sus torres de ladrillo rojo emergiendo entre los árboles desnudos. El cielo amenaza con soltar lo que sea —lluvia, nieve, granizo— y no hay tiempo que perder.
Es el dilema clásico del viajero báltico en otoño: o cruzas ahora, o te quedas contemplando el castillo desde la orilla mientras el aguacero te cala hasta los huesos. Así que allá que vamos, sobre las tablas resbaladizas del puente, con el viento del lago colándose entre las barandillas de madera y el agua picada a ambos lados.
Este puente es la única conexión terrestre con el castillo insular. En invierno, cuando el lago se congela completamente, los lugareños cruzan directamente sobre el hielo y el Galvė se convierte en una pista natural de patinaje. Pero en noviembre el hielo aún no ha llegado, el agua está fría y oscura, y el puente de madera es la única opción.
Hay algo de peregrinación en este caminar hacia el castillo. No es solo turismo: es atravesar el agua para llegar a un lugar que durante siglos fue inaccesible salvo por voluntad de quien controlaba las puertas. Ahora cualquiera puede cruzar, con su entrada de museo en el bolsillo y la cámara en la mano, pero la sensación de cruzar hacia una fortaleza en medio del lago sigue intacta.
Pues allá que vamos.
(Texto de Claude AI)
Foto hecha con el móvil.
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Trakai, Lituania.
