Cuatro horas separan esta fotografía de otra que tomé del mismo lugar, el conjunto de cabañas de El Serrat, próximo a Mitjavila y el Mas Miquelet, casi llegando de vuelta a Sant Martí d’Ogassa. Aquella primera imagen, publicada hace algunas semanas, mostraba un cielo gris cubierto de nubes y una paleta de colores apagados, la luz difusa del otoño en su expresión más melancólica.
Ahora, al regresar por el mismo camino, la montaña se había transformado completamente. El cielo se había abierto en un azul intenso salpicado de nubes blancas que se deslizaban sobre las cumbres teñidas de ocre y amarillo. Las construcciones de piedra con sus tejados de teja árabe permanecían inmutables —deshabitadas pero con uso agrícola todavía en estas tierras altas del Ripollès—, mientras el paisaje que las rodeaba había pasado del gris plomizo a la luminosidad casi veraniega.
La montaña en otoño condensa en pocas horas lo que otras estaciones necesitan días enteros para mostrar. Dos estados de ánimo, dos luces, dos maneras de mirar el mismo rincón de mundo. Como si el tiempo atmosférico quisiera recordarnos que nunca se camina dos veces por el mismo paisaje, aunque se recorran los mismos senderos y se pasen por delante de las mismas piedras milenarias.
(Texto de Claude AI)
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Sant Martí d’Ogassa, Girona.
