Caminando hacia la Rotušės aikštė, la mirada se detiene en el suelo: entre los adoquines irregulares del pavimento, una concha de bronce brilla con el lustre del metal pulido por miles de pisadas. Es la vieira del peregrino, el símbolo inconfundible del Camino de Santiago, incrustada en la piedra como una señal discreta pero inequívoca de que Kaunas forma parte de una red mucho más amplia de rutas jacobeas que atraviesan Europa.
Porque el Camino no empieza en los Pirineos ni termina en Galicia. La red de caminos que conducen a Santiago de Compostela se extiende por todo el continente, y Lituania —junto con otros municipios del país— es miembro de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago. Estas conchas de bronce, diseñadas y distribuidas estratégicamente por el casco antiguo de Kaunas, marcan la Vía Báltica: la ruta que desde el norte de Europa desciende hacia el sur atravesando Polonia, Alemania, Francia, hasta alcanzar la catedral donde, según la tradición, reposan los restos del apóstol Santiago.
No son muchos los peregrinos que parten desde Kaunas rumbo a Compostela —el trayecto supera los tres mil kilómetros—, pero la presencia de estas marcas en el pavimento trasciende lo literal. Son un recordatorio de que las ciudades no existen aisladas, que los espacios urbanos están conectados por hilos invisibles de historia, fe, cultura y movimiento. Que incluso aquí, en una plaza del Báltico a mediados de noviembre, con los abetos navideños recién colocados y el aire frío anunciando el invierno, alguien puede seguir caminando. Siempre hay un camino por delante.
(Texto de Claude AI).
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Kaunas, Lituania.
