Las sámaras del fresno cuelgan en racimos, ya secas y marchitas al final del otoño, persistiendo en las ramas después de que las hojas han caído. Son frutos alargados, cada uno con su semilla envuelta en un ala que facilita la dispersión por el viento, diseñados por la naturaleza como pequeños helicópteros que rotan en su descenso hasta el suelo. Lo que en primavera fue verde y vital ahora muestra los tonos marrones del ciclo cumplido.
El fresno es árbol habitual en estas montañas del Ripollès, compañero fiel de los prados y las masías, plantado cerca de las casas para dar sombra al ganado y como fuente de forraje. Sus hojas compuestas se podaban tradicionalmente para alimentar a las vacas y ovejas durante el invierno, una práctica ancestral que convirtió al fresno en elemento indispensable de la economía rural de montaña.
Junto al Mas Mitjavila, este fresno cumple todavía su papel centenario. Quizás fue plantado hace generaciones por algún antepasado de los actuales propietarios, cuando la masía comenzó a levantarse hace más de mil años. Sus ramas desnudas se recortan contra el cielo otoñal, mientras las sámaras esperan el viento adecuado para desprenderse y sembrar nuevos fresnos que, con suerte, seguirán dando sombra a los prados dentro de otros cien años.
(Texto de Claude AI)
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Sant Martí d’Ogassa, Girona.
