Un oso sigiloso


Habíamos recorrido casi toda la zona de osos sin ver ninguno, y justo antes de salir de ella aparece este, agazapado en un pequeño claro entre los matorrales: pelaje negro y uniforme, hocico de un gris pardusco, orejas pequeñas y muy redondeadas, la cabeza baja y el cuerpo compacto, sin joroba entre los hombros. Es

El políglota discreto


Dejamos atrás el territorio de antílopes y jirafas y entramos en el de los osos, y antes de que aparezca ninguno, lo que me llama la atención es este pajarillo posado en lo más alto de un arbusto en flor: partes superiores de un verde grisáceo con matices pardos, vientre de un amarillo suave, pico

Ni una mancha igual


Llegamos a la zona de las jirafas, y junto al muro de piedra donde alguien ha dejado un montón de heno se acercan tres ejemplares, no dos: dos en primer plano, bien visibles, y una tercera que apenas asoma el cuello entre los troncos de las palmeras. De las dos que se distinguen con claridad,

A ti no te conozco


La larga cola de coches se detiene un momento, y en vez de huir o seguir pastando indiferente, este antílope se queda quieto, mirando fijamente hacia el objetivo. Tiene una máscara facial en blanco y negro muy marcada, orejas largas rematadas en un mechón oscuro, una crin erecta y oscura sobre el cuello y una

El sello de la sabana


Las springboks han cruzado el camino y ahora pastan en lo alto de un pequeño promontorio, al otro lado del coche. Con la ventanilla bajada desaparece el filtro azulado del cristal tintado que había teñido las fotos anteriores, y el enfoque es, por fin, perfecto — tanto que al ampliar la imagen aparece un detalle

El ausente


No muy lejos de la escena entre las springboks y los antílopes acuáticos, pastando solo, ajeno por completo al jaleo, hay un ñu azul. Tiene algo de animal compuesto por partes que no acaban de pertenecerse: cabeza pesada y bovina, cuernos curvados —presentes en machos y hembras—, una crin oscura y erizada que le cae

Vecinos sin manual


El grupo de springboks terminó alcanzando al de los antílopes acuáticos, y ahí ocurrió esto: uno de ellos se apartó de golpe, se irguió sobre las patas traseras y trató de montar a uno de los kobos. Fue cuestión de un segundo — disparar con teleobjetivo desde un coche en marcha no perdona, y la

Nombrado por el agua


Unos metros por delante de las springboks caminan, indiferentes al motor del coche, tres antílopes de complexión mucho más recia: pelaje pardo grisáceo y largo, casi hirsuto en el cuello, y un porte pesado que contrasta con la ligereza nerviosa de las gacelas que acabamos de dejar atrás. El que encabeza la fila luce un

El salto que les da nombre


Cuando el coche dobla la curva siguiente a la cebra de Grévy, un grupo de springboks (o gacelas saltarinas) cruza el camino al galope, levantando el polvo seco de la sabana. Sus lomos de un marrón rojizo contrastan con el vientre y los flancos blancos, separados por una franja oscura que recorre el cuerpo desde

Rayas en fuga


Unas zonas más allá de donde el abejaruco me dio la bienvenida, el camino se abre a una explanada seca donde pasta, ajena al desfile de coches, una cebra de Grévy. Basta un vistazo para distinguirla de la cebra común que uno imagina de manual: sus rayas son mucho más finas y apretadas, casi un