Apenas unos metros después de pasar la señal que advertía del ‘camí en mal estat’, la pista asfaltada se extiende suave y acogedora bajo la bóveda otoñal del bosque. La ironía se multiplica: no solo no es un camino en mal estado para un senderista, sino que ni siquiera lo está para los vehículos que supuestamente debían temer su estado.
El asfalto, aunque claramente envejecido y con algunas grietas, ofrece una superficie perfectamente transitable. Las hojas caídas lo adornan creando ese ambiente otoñal tan característico de los bosques de montaña en esta época del año. La curva suave invita a continuar sin prisa, disfrutando de los colores que van del verde intenso de los arbustos perennes al amarillo dorado y al marrón cobrizo de las especies caducifolias.
Es el tipo de camino que en cualquier otra circunstancia pasaría totalmente desapercibido: una simple pista forestal asfaltada que desciende tranquila entre el bosque. Pero después de horas de esfuerzo físico intenso, de superar obstáculos naturales y de mantener la concentración constante en cada paso, este tramo se convierte en un regalo inesperado. Ni tan mal, efectivamente. Diría incluso que está bastante bien.
El silencio del bosque solo se ve interrumpido por el crujir de las hojas bajo las botas y el canto ocasional de algún pájaro que aún permanece activo en estas horas de la tarde. Es el momento perfecto para dejar que la mente descanse tanto como las piernas, mientras el camino me conduce suavemente hacia el final de esta memorable jornada por el Sant Amand.
(Texto de Claude AI)
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Sant Martí d’Ogassa, Girona.
