Terminamos el recorrido en coche, el «safari», y llegamos al aparcamiento desde donde seguiremos la visita a pie. Allí nos recibe una cigüeña blanca (Ciconia ciconia), suelta y a sus anchas entre los coches, como si llevara toda la vida haciendo de anfitriona. Nunca había estado tan cerca de una, y de cerca sorprende de verdad: el tamaño del ave, casi un metro de altura, y sobre todo lo afilado de ese pico rojo que parece pensado para atravesar algo más que ranas y lombrices.
No lleva anilla por casualidad — se la distingue bien en una de sus patas — porque esta zona de marismas y estanques de la Aude, entre Sigean y Narbona, es desde hace años uno de los puntos de referencia en Francia para la recuperación de la especie, que llegó a rozar la desaparición en el país a mediados del siglo pasado. Las cigüeñas de esta región ya no dependen de ningún recinto: van y vienen libremente, y algunas, como esta, se han acostumbrado tanto a los visitantes que el aparcamiento forma parte de su territorio tanto como el agua.
Me quedo mirándola y me pregunto, como el propio pie de esta foto, qué esperará de nosotros. Probablemente nada que no sea una distancia prudente. Y aunque lo pareciera, nunca nos lo diría con la voz: a las cigüeñas les falta la siringe que permite cantar a la mayoría de las aves, así que son prácticamente mudas. Todo lo que tienen que decir lo dicen con el pico, entrechocando las dos mandíbulas en un crotoreo seco que suena más a aplauso que a reclamo.
Así que nos observamos un momento en silencio, ella con su pico cerrado y yo con mi cámara, y ninguno de los dos necesita decir nada para entender que ha llegado el momento de seguir cada uno su camino.
(Título y texto sugeridos por el modelo Sonnet 5 de Claude AI)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
