Fealdad con oficio

Fealdad con oficio

Justo después de ver pasar al asno salvaje somalí por la ventanilla izquierda, por la derecha nos encontramos con un pequeño grupo de facóqueros comunes (Phacochoerus africanus), cada uno feo a su manera: la cabeza desproporcionada, los verrugones a ambos lados del hocico, los colmillos curvados hacia arriba como paréntesis torcidos. Es el tipo de animal que invita a la broma fácil, y confieso que yo mismo la hice nada más verlos.

Pero basta mirar un poco más para que cada rasgo «feo» revele su oficio. Esas verrugas no son adorno ni deformidad: son callosidades que protegen las muñecas cuando el facóquero se arrodilla para pastar, una postura poco elegante pero práctica, ya que le permite llegar a la hierba más corta sin tener que agachar demasiado su cuello corto. Los colmillos inferiores se afilan solos, rozando contra los superiores cada vez que abre y cierra la boca, hasta quedar listos para defenderse de un depredador o para medir fuerzas con otro macho.

Tienen además una costumbre que roza lo cómico y que no alcancé a ver en esta foto: ocupan madrigueras abandonadas de otros animales, normalmente de oricteropos, y entran en ellas marcha atrás, dejando los colmillos apuntando hacia la entrada por si hace falta recibir a algún visitante indeseado. Cuando corren huyendo de un peligro, levantan la cola bien tiesa, como una antena, quizás para no perder de vista a las crías que los siguen en fila.

Así que esta foto, con sus tres facóqueros de perfil poco favorecedor, es en realidad un pequeño catálogo de soluciones: cada arruga, cada verruga, cada colmillo torcido tiene una razón de ser. La fealdad, vista de cerca, resulta ser solo otra forma de la eficacia.

(Título y texto sugeridos por el modelo Sonnet 5 de Claude AI)
—
Reserva Africana de Sigean, Francia.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *