Seguimos en el pequeño aviario africano y doy con un grupo de tejedores comunes (Ploceus cucullatus) posados entre las ramas, cada uno con una coloración distinta: uno luce la cabeza completamente negra y el cuerpo de un amarillo intenso, mientras los otros dos presentan un plumaje mucho más apagado, de tonos oliváceos y amarillos difuminados, sin ese capuchón oscuro tan marcado. A primera vista podrían pasar por especies diferentes, pero son la misma: el macho en plumaje reproductor luce esa librea de contraste tan llamativa, mientras que las hembras y los machos fuera de la época de cría se visten con tonos mucho más discretos.
El nombre de “tejedor” no es casual ni es solo nuestro, se lo ganan a pulso: es el macho quien construye el nido, entero, él solo, trenzando con el pico cientos de tiras largas de hoja — se calculan unas 300 por nido — arrancadas de palmeras o de cañas como el carrizo. Trabaja de arriba abajo, sujeto siempre con las mismas patas al mismo punto, y puede llegar a levantar más de veinte nidos en una sola temporada, colgados en colonias que a veces reúnen más de un centenar en un mismo árbol, con un ir y venir constante y bastante ruidoso durante la época de cría.
Todo ese esfuerzo tiene un propósito muy concreto: atraer a una hembra, que inspecciona el resultado, aporta ella misma el forro interior si le convence, y no duda en destruir el nido si no lo hace. Y como el macho suele ser polígamo y puede mantener varios nidos ocupados a la vez, cada uno con su propia hembra, toda esa colonia bulliciosa es, en el fondo, una exhibición continua de currículums tejidos a pico.
Así que estos tres colores tan distintos que veo hoy en la misma rama no son tres pájaros distintos, sino tres momentos de una misma historia: la del que ya ha hecho el trabajo y la de quienes, de momento, solo esperan su turno.
(Título y texto sugeridos por una IA a partir del contenido de la fotografía y el contexto o historia que aporto, y revisados por mí.)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
