Pasamos al recinto contiguo del pequeño aviario, la laguna de las espátulas, y lo primero que encuentro es un resplandeciente picotenaza africano (Anastomus lamelligerus), con ese plumaje negro que, a la luz del sol, se descompone en reflejos verdes y violáceos sobre el lomo y el vientre. Pero lo que de verdad define a esta especie, y le da nombre tanto en español como en su nombre científico, es el pico: las dos mandíbulas solo se tocan en la punta, dejando un hueco curvo en medio que nunca llega a cerrarse del todo.
Durante años se pensó que ese hueco servía para partir las conchas de los caracoles de los que se alimenta, como si fuera literalmente una tenaza. La investigación más reciente ha corregido esa idea: el pico no rompe nada, sino que sujeta. Los extremos convergentes de las mandíbulas impiden que el caracol, de forma redondeada, se le escurra, mientras la punta inferior, curvada, se cuela bajo el opérculo — esa especie de tapa con la que el molusco se cierra dentro de su concha — para cortar el músculo que lo sujeta. Solo entonces el ave extrae el cuerpo entero, sacude la cabeza para soltarlo de la concha y lo traga de un golpe hacia atrás, dejando la concha intacta.
Con los mejillones, que tampoco puede abrir a la fuerza, recurre a un método todavía más paciente: los amontona en la orilla y espera a que el sol los mate, aflojando así el músculo que mantiene la concha cerrada. Y hasta el color de su plumaje resulta menos simple de lo que parece — no son pigmentos, sino nódulos de melanina en la superficie de la pluma los que descomponen la luz y producen ese brillo cambiante entre el verde y el violeta que veo hoy.
Así que lo que a simple vista parece una herramienta tosca, hecha para romper a la fuerza, resulta ser justo lo contrario: precisión y paciencia disfrazadas de pinza.
(Título y texto sugeridos por una IA a partir del contenido de la fotografía y el contexto o historia que aporto, y revisados por mí.)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
