Sobre el mismo edificio donde está la pared agujereada de los gorriones, bien arriba, en el tejado, encuentro este nido de cigüeña blanca con al menos dos polluelos asomando entre las ramas. Si la pared de abajo era el bloque de pisos modestos, lleno de vecinos yendo y viniendo por agujeros del tamaño de un puño, esto es claramente el ático: una construcción de palos que puede llegar a pesar entre 60 y 250 kilos, con hasta dos metros de profundidad, y que la pareja no empieza de cero cada primavera sino que hereda, amplía y remoza año tras año.
De hecho, las cigüeñas son tan fieles a su nido como a su pareja: suelen ser los machos de más edad quienes llegan primero en la temporada y reclaman el nido del año anterior, y cuanto más grande y consolidado está, más atractivo resulta — los nidos más voluminosos son también los que sacan adelante más pollos. Así que esta mole de ramas no es solo vivienda, es patrimonio: cada capa que se añade este año es la herencia de todos los años anteriores.
Los polluelos que veo asomar nacieron hace unas semanas, tras poco más de un mes de incubación compartida entre los dos progenitores, y tardarán todavía unos dos meses en estar listos para volar — dos meses en los que este nido descomunal será todo su mundo.
Pienso en la pared de gorriones que acabo de dejar atrás, con sus decenas de agujeros diminutos y renovables, y en este nido único y monumental justo encima, y me parece una buena metáfora de cómo convive, en un mismo edificio, lo efímero con lo que se construye para durar.
(Título y texto sugeridos por el modelo Sonnet 5 de Claude AI)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
