De camino al comedero de las jirafas nos desviamos por un pequeño bucle y pasamos junto a un recinto modesto de licaones. Antes, junto a los guepardos, nos habíamos asomado a uno mucho más grande sin ver ni rastro de ninguno; aquí, en cambio, encontramos tres ejemplares echando la siesta, tumbados contra la valla, aprovechando cada retazo de sombra que cuela el enrejado.
El licaón (Lycaon pictus) recibe también el nombre de “lobo pintado”, por ese pelaje irregular de manchas negras, pardas, amarillas y blancas que no se repite igual en dos individuos — cada licaón lleva su propio patrón, tan particular como una huella. Tumbados así, a trozos de sol y sombra, el dibujo de su pelaje se confunde con la luz moteada que atraviesa el seto, casi como si el nombre “pintado” describiera no solo el color sino también esa capacidad de disolverse en el entorno.
Cuesta reconciliar esta estampa somnolienta con la fama que tiene la especie entre los grandes depredadores africanos: se le atribuye una tasa de éxito en la caza superior al 85%, muy por encima del 25% que ronda de media el león, gracias a una estrategia de persecución coordinada en manada que agota a la presa más que sorprenderla. Son, además, extraordinariamente sociales — comparten la comida, cuidan a los heridos y crían a los cachorros entre todo el grupo —, lo cual hace aún más triste que sea una de las especies de carnívoros más amenazadas del continente, prácticamente desaparecida de buena parte de su territorio original.
Quizás por eso, encontrar aunque sea tres durmiendo la siesta, en un recinto pequeño, es ya un pequeño privilegio: el que se nos negó en el recinto grande de al lado.
(Título y texto sugeridos por el modelo Sonnet 5 de Claude AI)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
