Seguimos con las jirafas, y esta vez una de ellas se queda mirándome fijamente mientras le hago el retrato. Son los ojos lo que atrapa: grandes, oscuros, enmarcados por unas pestañas larguísimas, y con una expresión que no sé explicar mejor que diciendo que me recuerda a la de un camello.
No es una asociación tan caprichosa como parece. El propio nombre científico de la especie, Giraffa camelopardalis, nace de esa misma confusión: los primeros europeos que vieron una jirafa, allá por la Antigüedad, la bautizaron “camello-leopardo” por el cuerpo alargado, el cuello larguísimo y esa prominencia en la cruz que recordaba a la joroba de un camello, combinados con un pelaje de manchas que parecía sacado de un leopardo. El nombre se quedó — Linneo lo formalizó en el siglo XVIII — aunque hoy sabemos que jirafas y camellos no son parientes cercanos en absoluto.
Lo curioso es que esa mirada que a mí también me resulta “de camello” sí tiene una explicación real, aunque no de parentesco sino de convergencia. Un estudio que midió las pestañas de 22 especies de mamíferos encontró que, en todas ellas, la longitud de las pestañas guarda la misma proporción respecto al ancho del ojo: alrededor de un tercio. Esa medida no es casual — unas pestañas ni muy cortas ni muy largas son las que mejor regulan el flujo de aire sobre la córnea, manteniendo el ojo húmedo y limpio de polvo. Los camellos, que malviven entre el polvo del desierto, las llevan particularmente densas por la misma razón; la jirafa, expuesta todo el día al polvo y al sol de la sabana, resuelve el mismo problema de forma muy parecida.
Así que no, esta jirafa no es prima del camello — pero ambas, cada una en su paisaje árido y polvoriento, han llegado por caminos distintos a una misma solución, y de ahí ese aire de familia en la mirada.
(Título y texto sugeridos por IA a partir del contenido de la fotografía y el contexto o historia que aporto, y revisados por mí)
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Reserva Africana de Sigean, Francia.
