Llegamos al final del rato que hemos pasado con las jirafas reticuladas, justo a la hora de comer. Los cuidadores les han puesto en el comedero unas ramas que, por las hojas estrechas y plateadas y esos racimos de florecillas pálidas que asoman entre ellas, parecen de un olivo de Bohemia (Elaeagnus angustifolia), un arbusto habitual en setos y jardines mediterráneos y, por lo visto, también del menú de estas jirafas en ausencia de la acacia africana. Las dos llevaban rato esperando junto al comedero, y en cuanto han llegado las ramas se han lanzado a deshojarlas sin perder un segundo.
Y aquí es donde por fin entra en escena la pieza que nos faltaba: la lengua. La de la jirafa puede medir hasta 46 centímetros, la más larga de todo el reino animal, y es prensil — se enrosca alrededor de una rama como un pequeño tentáculo, la sujeta y tira de las hojas hacia la boca sin que haga falta usar los labios ni los dientes delanteros, que de hecho no tiene en la mandíbula superior. Su color es oscuro, casi azul negruzco, una pigmentación que se suele explicar como protección frente a las quemaduras solares, ya que la jirafa la mantiene expuesta al sol durante buena parte del día mientras pasta. Y su piel es gruesa y correosa, capaz de despojar de hojas una rama espinosa sin que ningún aguijón le haga sangre.
Verlas ahora, con la cabeza gacha y la lengua trabajando sin descanso entre las ramas, es un buen cierre para esta visita: el mismo animal que hace un rato se quedaba corto ante una rama demasiado alta tiene, cuando la comida está a su alcance, la herramienta perfecta para no desperdiciar ni una hoja.
(Título y texto sugeridos por una IA a partir del contenido de la fotografía y el contexto o historia que aporto, y revisados por mí.)
—
Reserva Africana de Sigean, Francia.
